miércoles, enero 11, 2012

Alguien más.

Pintura de Francis Bacon.

A veces me pregunto
si mi vida
no será más que el sueño
de algún tipo,
cuya vida es el sueño
de alguien más.
Y que,
yo,
en mis sueños,
sueño con él.
Y entonces voy directo a la katársis-paradoja-delirio de mi abstracta mente,
en la que veo
a más de uno y más de una
conocidos y conocidas por mí,
ya de sobra,
saludando,
detrás del espejo,
mirándome a los ojos fijamente,
y gritándome,
con fervor y alevosía,
que despierte.
Y yo digo que no,
porque en ese extraño sueño
en el que me hallo
encuentro la respuesta
del soñador que sueña con el que me sueña,
y lo comprendo todo:
el sentido, la función, el cómo y el por qué.
Pero siempre despierto,
y todo me parece tan real
y tan falso a la vez
que siempre me descubro
preguntándome
si mi vida
no será más que el sueño
de algún tipo,
cuya vida es el sueño
de alguien más.

Melancolía. (Déjame que delire.)

Pintura de Edvard Munch.

Déjame abrirte los chakras con un beso,
o dos.
Pero no me pidas que me arranque los lunares.

Déjame que te ame
como si fuéramos los sueños
de un loco que navega sin rumbo
por un mar inmenso.

Déjame que delire
y no me pidas que te explique
cuánto o cómo o por qué,
si nada es tan gris como los ojos del vacío
que llora si no tiene alas
para quemarlas cerquita del sol.

Déjame que me quite la espina
de escribir sin morderme las uñas,
que la lengua la tengo muy larga
porque tengo complejo de sapo.

Déjame que vacile y que dude,
pero no me dejes caer.

Déjame que me exceda en tus vicios
y que cuelgue en tu percha mi abrigo.
Recordemos que vale la pena
vaciar los bolsillos
y llenarse la tripa
de versos, saliva, caricias y aromas.

Déjame que me ponga nostálgico
y le lance una piedra a la luna,
y me olvide de toda poesía,
y me ría de la vida,
de la noche y del día,
y me fume en cachimba tus besos,
y me quite el sombrero por ti.

Déjame que te cuente secretos,
pero no me pidas que no vuele,
que sin ti los zapatos se agrandan,
los cordones se anudan,
y la tierra se bebe mi sangre.
Que las alas me saben a gloria
si me lanzo sin paracaídas
para verte dormir.

Déjame que recapacite,
pero no me pidas que resuma,
que la historia la entiende quien quiere,
y quien no,
que se venga conmigo.

Déjame que termine este verso,
pero no me pidas que me calle.
La melancolía me hace decir demasiadas cosas.

sábado, diciembre 17, 2011

En esta rueda nada es mecánico.

No te digo más.
El viento sabe de qué estamos hablando,
si todo pasa por algo será que nada es mecánico.

Primero son los azotes y el llanto,
pero de algún modo escuchas la risa,
sientes la energía de aquellos que están cubiertos de lágrimas
por verte.
Existes,
eso es suficiente para hacer feliz.

Después descubres el suelo, y te arrastras por él,
y te ensucias de barro, y te ríes
de todo eso
que no entiendes.

Luego quieres comprender,
saber
por qué pasa lo que pasa,
tratas de estar a la altura,
pero las pelotas mandan.

Todo cambia con el paso de las agujas del reloj,
lo que te rodea se desvanece,
y ves,
por primera vez ves,
y te lamentas,
y sientes que ahora
por fin
comprendes.
Fotografía: Charlie Chaplin en Tiempos Modernos.
Pero luego
te das cuenta de que no.

El final ya nos lo sabemos
aunque nadie lo sepa.

No te digo más.

domingo, diciembre 11, 2011

Palabras.

Pintura de Caspar David Friedrich.

No saber qué decir siempre es un buen desayuno.
La espera más impaciente me convierte en una especie de desconocido para mí, que sólo quiere saciarse. Quiere comer, alimentarse. El conocimiento nos hace más ricos, y menos asustadizos. Y claro que los rayos del sol queman si los miras un buen rato fijamente, por eso hay que ser cauteloso, pero hasta la prudencia en exceso es mala.
Aun así, vomitar tiene sus cosas buenas.

Cada día parece repetirse al anterior. Esto no es nada nuevo y hay muchos ya que lo han visto, que lo han dicho, que lo han escrito, que lo han cantado.... pero ésa es la magia de esto... de esta indescriptible sensación de armonía que te entra cuando juntas las palabras adecuadas y no importa que ya se conozcan. Porque las palabras no tienen dueño.
Estas palabras no son tuyas, ni mías, ni de nadie, ni de todos.
Supongo que hacer público el sonido de las tripas no es que tenga demasiado encanto, pero así es. La libertad para mí reside en eso, en poder amplificar tus entrañas y salpicar suavemente al mundo con ellas, llenarlo con un poco de ti para hacerlo más vivo.
No importas tú, ni importo yo. Importan las palabras.
Las que uno calla, las que uno piensa, las que uno dice, las que uno trata de decir.

Hace varios días mi vida cambió por completo. Porque es así, en un segundo, en un sí, en un no, toda tu vida cambia para siempre.
Todos tus planes varían. Todos tus pilares se derrumban. Toda la luz se hace oscura y toda la oscuridad, de pronto, brilla. Y no lo hace por su ausencia, no es ironía, ni ninguna metáfora. Es la vida. Es vivir. Todo cambia y todo permanece para siempre.
Así que, como decía, hace varios días mi vida cambió y una palabra resonó en mi cabeza, de modo que sólo yo pudiera oírla. Era una palabra que ya conocía, que ya había escuchado.
Escribe. Ésa era la palabra.
No bajes la cabeza, escribe.
No miras al cuchillo, escribe.
No repitas los mismos versos de siempre, escribe.
Las palabras purifican el alma, pero también confunden.
La vida puede cambiar en un segundo y las palabras siguen siendo las mismas. Como los acordes de distintas canciones.
Do. Re. Mi. Fa. Sol. La. Si.
Con ellos se ha escrito la música.
Con entrañas y demás herramientas necesarias se ha escrito la vida.
Cada letra es una nota suelta, cada palabra es una melodía, cada silencio un volver a empezar.
Todo lo que quieras decirme tendrá que tener esa música que no se compone, que simplemente está.
Todo lo que quiera decir tendrá que estar sujeto a mis entrañas.
Cada palabra sabe donde colocarse por sí sola.
Ellas tienen el poder de reducirnos a la nada y elevarnos a la cima, y en mitad de la tormenta nos refugian, y lleno de soledad nos acompañan.

La vida cambia en un segundo y las palabras nos recuerdan que no somos más que ellas.

sábado, diciembre 10, 2011

Bienvenidos.

La primera entrada siempre es la más difícil
porque
el empeño absurdo
de tratar
de explicar
algo
que aún está por ver qué es,
no tiene sentido
así que simplemente,
bienvenidos.

Fotografía de Chris Anthony.